Crónica de una navidad en Caracas

I

Regreso de Caracas con el corazón hecho pedazos. Siento una tremenda frustración al ver cómo mi entorno más cercano no puede llegar a entender (o quizás no quiere ver) lo que está sucediendo en mi segundo hogar. Sí… lamentablemente, en mi parte del mundo se está más pendiente de la lista de los Reyes Magos y las compras de Navidad, que en saber realmente lo que está pasando en el resto del mundo.

‘La situación está mal, ¿verdad?’, ‘ya leí que era el segundo país más violento del mundo… qué tristeza!’, ‘¿la familia os encontró guapos y bien? ‘¿Qué comisteis por Navidad?’. Normalmente la conversación no va más allá de estas inocentes preguntas.

Ojos que no ven, corazón que no siente, pienso.

Llevo desde 2009 viajando a Venezuela. Unos me llaman valiente, otros loca, otros inconsciente revolucionaria… y, simplemente, a otros ni les preocupa lo más mínimo lo que uno va a hacer a Latinoamérica.

Venezuela me tiene el corazón robado. Este magnífico país me ha enseñado a ser fuerte, a ser valiente y a saber apreciar cada mínimo detalle que te brinda la vida. Además, este país me ha dado pie a seguir con más pasión mi carrera profesional, lo cual le estoy gratamente agradecida. Venezuela me ha brindado una nueva familia que me ha protegido y cuidado tanto o más que la mía en Barcelona. Venezuela me ha llevado a conocer a mi pareja y entender que todas las familias, sean de la parte que sean, son iguales pero distintas a la vez. He hecho amistades que sé que perdurarán para toda la vida y he visto y experimentado vivencias que espero no volver a repetir en la vida. Y aun así, Venezuela me tiene el corazón robado: principalmente por su gente.

Pero éste último viaje ha sido uno de mis más amargos.

He visto hambre, he sentido la inseguridad y he padecido la escasez de alimentos, de medicinas y de dinero en efectivo -causa de una inflación que cierra el año superando el 700%- dificultando la vida de millones de personas.

Venezuela es una dictadura encubierta, donde la impunidad y la corrupción ya no se esconden. Se actúa anárquicamente en casi todos los espectros de la vida ciudadana, con un apatismo que está destruyendo el entorno y la ciudad. Las calles están sucias, descuidadas y destruidas; los edificios se caen a pedazos, no hay servicios básicos (tales como el agua, esencial para vivir) y el escenario parece una película post-apocalíptica.

‘Caracas parece the walking dead, ¿verdad?’ dice Claudia haciendo broma.

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Urbanización Santa Mónica. Imagen: Teresa García Alcaraz

La gente está delgada… muy delgada. En un año, quizá cada habitante habrá perdido unos 5 Kg o más. Popularmente, a este hecho ya se le denomina: ‘La dieta de Maduro’.

Me quedo con una imagen que hizo que mi corazón se encogiera como nunca lo había hecho. Estando subida en un taxi camino a Colinas de Bello Monte, a la altura del centro comercial El Recreo, en el carril de desaceleración de la autopista, vi a un padre con su hijo pequeño (que no superaría los 6 años de edad) sosteniendo éste una bolsa de basura mientras el padre hurgaba entre las otras bolsas para poder comer. Una imagen triste y desoladora. He visto mucha gente hurgando en la basura pero nunca nada me llegó tanto en el alma como la mirada perdida del niño a su padre.

Otro de los escenarios comunes que se pueden ver en la capital son las largas colas de gente. No tan solo en los supermercados para buscar juguetes, pasta o azúcar, sino también en las panaderías para buscar pan, en las farmacias para buscar medicamentos, champú o pasta dentífrica y en las licorerías, para paliar los problemas y el hambre con alcohol. Hay colas incluso en los bancos ya que hay escasez de dinero en efectivo en todo el país.

Mientras tanto, por las calles de la capital circulan coches destrozados con avisos de taxi en el cristal delantero, autobuses con slogans alertadores,  camioneticas en estado deprimente repletos de pasajeros (ya que muchos evitan tomar el metro por cuestiones de seguridad) y miles de motorizados (temidos por la mayoría de los caraqueños) a los que uno no sabe si van a asaltarlo ya que muchos van armados… Se han visto tantos asaltos por parte de los motorizados que uno ‘tiene que estar pendiente’ (expresión venezolana muy usada que significa que se tiene que ir con cuidado).

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Metrobus de Caracas. Imagen: Teresa García Alcaraz

 

II

Mi pareja y yo llegamos el viernes 16 de diciembre a Caracas y, después de un intenso fin de semana de reencuentros con su familia, el lunes 19 fue el turno de visitar a mi querida familia de Caracas para darles los regalos que les traía de Barcelona: aceite de oliva, champú, azúcar, turrón y un pequeño placer para celebrar la navidad, jamón serrano.

Pedro me vino a recoger en carro (coche) porqué la ruta de 15 minutos que me tomaría andando desde mi casa a la suya no es nada segura. Hace unos años la hacía sin problemas. Ahora no me atrevo.

En el camino nos paramos en una frutería, cerca del supermercado Unicasa de Bello Monte, y una señora vino espantada porqué había habido un tiroteo en la cola del supermercado. ‘Eso es lo que Maduro está consiguiendo’, exclama la señora.

Nadie en la frutería se inmutó. Nadie mostró indignación ni miedo en sus rostros. ¡Ni yo misma! En ese momento me di cuenta que actuaba como una venezolana más. Interioricé el miedo, el horror y el temor, y me habitué a estos sentimientos mostrando una coraza.

Después de comprar la fruta y los vegetales, llegamos a mi segunda casa en Caracas, donde residen Claudia, Pedro y su hijo Rubén. Una preciosa quinta enmarcada en una calle sin salida.

Pasamos la mañana conversando y preparando el almuerzo, como hace unos años (cuando residía en Caracas) solíamos hacer. La única diferencia que noté es que, en cuestión de una o dos horas, dos personas llamaron a la puerta para pedir algo de comida.

‘Esto ya es habitual, Tere’, me responden.

Claudia le dio una rebanada de pan de molde al primer mendigo y, más tarde Pedro le dio una lata de sardinas al segundo.

‘Pedro, las sardinas son para el gato!’, respondía Claudia.

Lo que 5 años atrás una lata de sardinas era quizás una tontería, ahora es una exquisitez. Ahora hay limitaciones y se mira cada detalle en la economía familiar.

Cocinamos, cada uno aportando lo que sabía hacer, y almorzamos una rica sopa de lentejas, un poquito de arroz, una ensalada de aguacate sin faltar el zumo de parchita que hicieron para mi bienvenida.

Uno de los coches de la familia no funcionaba bien, y durante la mañana estábamos esperando que el mecánico subiera de La Guaira (un pueblo a media hora de Caracas) para repararlo. Aparentemente, ese mecánico era experto en coches como el suyo y les fue recomendado por una vecina.

Finalmente el mecánico llegó a la hora del café. Pedro salió para mostrarle el coche dañado, mientras Claudia, Rubén y yo hacíamos sobremesa hablando de lo que está sucediendo en el país y de cómo van las cosas por Barcelona.

Nos interrumpió la ‘novia’ del mecánico quien entró a casa para ir al baño. Una chica morena, joven y con unos lentes estridentes de color rojo. Al cabo de unos minutos la chica salió, nos dio una tímida mirada y se dirigió al exterior con el mecánico.

El técnico finalizó su tarea aconsejando que dejaran el coche prendido un buen rato para que cargara la batería. Como ya eran las 4 de la tarde, le sugerí a Pedro que me bajara al sitio donde me estaba hospedando y así hacía uso del vehículo. Empezaba a oscurecer y no quería llegar tarde. Nos despedimos todos y Pedro me llevó a casa.

III

El día siguiente, martes 20, sobre las 4 de la tarde recibí un correo electrónico de Claudia que me decía: ‘Tere, llámanos al teléfono fijo. Nos asaltaron en casa’. Inmediatamente los llamé y subí en taxi con mi suegra, sin pensármelo dos veces. Estaban aterrados.

Y así fue. Ese mismo día, sobre las 9 de la mañana, mi familia de Caracas fue asaltada a mano armada por un grupo organizado de 3 personas (mas otra persona que los esperaba fuera en un taxi).

Agredieron al hijo con una pistola en la cabeza. Le golpearon duro produciéndole una herida que conllevó 4 puntos. Los ataron de manos y pies, los encerraron en la habitación matrimonial y les taparon la cabeza con su propia ropa, amenazándolos en matar a alguno de ellos. Se llevaron todo lo que consiguieron alardeando que gracias a Maduro podían hacer lo que estaban haciendo.

Cuando me contaron lo sucedido, se les escapó sin querer que uno de los agresores buscaba ‘a la chica extranjera que vivía con ellos’. Es decir, yo.

Inmediatamente pensé: Listo. Ya sé quiénes fueron. ¿Por qué tiene que haber gente tan mala en el mundo? ¿Por qué tienen que pagar justos por pecadores?

De vuelta a casa, lloré en silencio. Y ni me salían las lágrimas de tanta tristeza… Mi pareja me dijo: ‘Sabes que te querían secuestrar para tener euros, ¿verdad?’.

Mi otro amigo caraqueño me dijo: ‘Los picharon’ (expresión venezolana para decir que nos datearon, es decir, alguien pasó información a los asaltantes). Fuere quien fuese, nos tenían controlados. Pero ¿quien? ¿Un vecino? ¿Los mismos asaltantes?

Sé que no me quisieron contar muchos más detalles para no preocuparme demasiado… pero el sentimiento que tuve de frustración, rabia y en cierta manera, culpabilidad, no me los quita nadie. Yo fui el motivo de ese asalto. Solo por ser extranjera.

Hasta aquí fueron mis primeros 4 días en Venezuela. Y ante esto, ¿qué conllevó el resto del viaje?

Básicamente, vivir como la mayoría de los venezolanos. Me quedé encerrada en casa, ya que no puede visitar a mi familia venezolana por miedo a que volvieran los agresores.

Algo que me ha enseñado la gente de Venezuela es que la protección es algo muy preciado: ‘Uno nunca sabe qué es lo que puede ocurrir aquí, Tere’. ‘Se han visto cosas horribles… es mejor que seas consciente’- me decían todos.

Tampoco podía salir de casa a la ligera… ‘Tere, no hables’. Estas eran las palabras que me solían decir al subir a un taxi, a una camionetica, al preguntar por el precio de algún producto… Y es que, uno no puede fiarse de nadie.

Ahora en Venezuela, uno se siente inseguro, vulnerable y desprotegido.

La impunidad es uno de los principales problemas del país ya que no hay nadie que pueda hacer nada por ti.

En fin. Esto es un mínimo pedacito de lo que pasa en Venezuela. Y este es una de las miles de historias que pasan cada día en la capital venezolana, y (casi) nunca salen a la luz.

Nadie merece vivir así. Siempre pagan justos por pecadores.

Y mientras, de regreso a Barcelona, un estrés colectivo se preocupa por saber qué es lo que le pedimos a los Reyes Magos.

Pues señores Reyes, les pido un país nuevo para mi familia venezolana. Un país donde la gente pueda vivir en paz. Esto es lo único que les pido.

 

*Los nombres mostrados en este texto no son los reales.

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One thought on “Crónica de una navidad en Caracas

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